Kieff Grediaga: biografia

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Kieff Grediaga nace en Madrid en 1936 en medio del caos de la guerra civil española. Hijo del ebanista Antonio Grediaga Doncel y del ama de casa Epifanía Bueno Bueno,  vive una infancia muy tumultuosa, debido a los acontecimientos acaecidos en aquel tiempo. Pese a ellos, Kieff fue siempre un niño alegre y  jovial,  con un deseo intenso por el aprendizaje.
Desde su infancia se vio obligado a abandonar la escuela de secundaria para aprender el oficio de su padre, ebanista de profesión, y trabajar en su taller, ubicado en Madrid. Es precisamente  en este taller  donde se empieza a forjar una destreza manual, que irá adquiriendo paulatinamente.


Las circunstancias dramáticas en las que se desarrolla su juventud no le ofrecen otro panorama más que el trabajo. Sin embargo, su pasión por el aprendizaje le hace albergar el deseo  de conseguir un futuro mejor y desde joven asiste a clases nocturnas de dibujo lineal y comienza sus estudios de arquitectura en una academia privada.
A los 23 años deja su patria y emigra a Brasil, donde gracias a sus conocimientos de ebanistería pudo ganarse la vida.  
 En Sao Paulo tiene por primera vez contacto con el arte contemporáneo, cuando por azar visita una exposición de escultura moderna. Es entonces cuando  se despierta en él una pasión por el espacio y la forma,  dando comienzo a un periplo por las artes plásticas que dura hasta hoy. A partir de ese momento,  comienza  a dibujar ideas que más tarde se convertirán  en esculturas.


Kief decide  emigrar a Argentina, y en Buenos Aires durante cinco años estudia  arte dramático, literatura, piano y música en la disciplina del arte vocal clásico para cantar ópera y lied. También completa su formación con el estudio del alemán y del italiano. Allí descubre  que  la ebanistería no estaría en su futuro,  pues poco a poco va ganando fuerza esa pasión por dar forma a sus ideas, aunque sin pensar, todavía,  en la escultura como profesión. 


Pasado un tiempo,  mientras perfeccionaba sus estudios de canto lírico en Viena, capital de la música, tiene acceso al museo de arte moderno. Allí descubre las obras de  Constantin Brancusi, Jean Arp, Alberto Giacommeti, Nun Gabo y otros maestros que iluminarán para siempre su futuro. La profunda inspiración encontrada en estos autores le ayudó a adentrarse en el universo de las bellas artes adaptando el dibujo a la materia, profundizando en las raíces de la escultura.
En la década de los 60, con  26 años, compagina  sus estudios musicales  con el dibujo y la realización de pequeñas esculturas en madera, que más tarde se convertirían en bronce. En estas maquetas evidencia la influencia de sus conocimientos musicales, pues  logra plasmar el ritmo y la sensibilidad en la forma armoniosa y  envolvente de  sus curvas sonoras.
Comparte estos descubrimientos  con su gran amigo el músico Jesús López Cobos, que por entonces estudiaba dirección de orquesta en la academia de música de Viena.


En aquella época comienza su acercamiento a la filosofía, a través del estudio de las obras de  Kant, Nietzsche, Schopenhauer, Heidegger y otros filósofos que le ayudan a encontrar el camino. Se  repetía una y mil veces:  “ Si yo supiera el camino de vuelta…”


En  Montreal, en 1968 hace su primera exposición en la acreditada galería Moos.  El éxito obtenido en esta primera exposición, en la que se vendieron todas sus obras, le proporciona el estímulo para seguir trabajando en esta disciplina.  Es allí, donde comenzarán las grandes exposiciones en galerías de Estados Unidos, Canadá y Japón. 
Su pasión por el ritmo le llevó a explorar el espacio-tiempo creando formas que contenían tanto la materia como el espacio entrelazados en sí mismas, lo cóncavo y lo convexo, así como el plano y  la curva.  Quedaba  patente todo un infinifinito de plasticidad expuesto a su inquietante deseo de aprendizaje.


En el año 2000, movido por la necesidad de crear algo nuevo, se traslada  a la Habana y funda una escuela de arte para  acoger a sus alumnos.  Poseído por la arquitectura colonial de la Vieja Habana,  encuentra la inspiración que buscaba. Serán  sus conocimientos de la ebanistería los que le posibilitan  sus primeras esculturas en hierro macizo.  Y concluye así  sus “ siete canciones populares españolas”, inspirada en la música de Manuel de Falla,  obra en la que compagina sus conocimientos de la madera y del  mueble con las cadencias musicales. Desde ese momento dedica su tiempo a crear obras en hierro macizo, pues  el bronce, el mármol, la madera u otros materiales pierden interés para el artista.  Busca la inspiración en autores como Cervantes, Falla o García Lorca , que cimentan y sostienen sus obras en este material de hierro.
Kieff fue siempre un artista en solitario, meditador incansable de su nueva obra, siempre albergó la idea de  volver a casa. Algo que ha conseguido no sin grandes esfuerzos y sacrificios. Es precisamente aquí, en Tendilla donde  hoy en día se  está construyendo su Taller-escuela y Museo de Arte contemporáneo. 


El nomadismo y la diáspora formaron al hombre y también al artista, el cual se ha movido buscando siempre  la excelencia.  Hoy a sus 84 años, ya en Tendilla, no deja de trabajar, pues Kieff tiene como lema:  “En esta vida lo que cuenta es el trabajo, sí cansa, pero no mata”.

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Fundación Kieff Antonio Grediaga
Arte y Cultura